Por Julieta Búsico
Si miro hacia atrás, mi historia con la carrera actuarial no empezó solamente por amor a la matemática.
Empezó también por un desafío.
Recuerdo que antes de empezar la facultad muchas veces escuché que Actuario era una carrera imposible, que muy pocos se recibían, que era demasiado difícil, demasiado exigente.
Y en algún lugar, además del interés genuino por los números, también apareció algo muy humano:
las ganas de demostrar que sí podía.
Entré a la universidad siendo una persona extremadamente estructurada, responsable y exigente conmigo misma.
Creía que para llegar había que resistir, competir, aguantar más que el resto.
Y durante muchos años, eso fue exactamente lo que hice.
La etapa universitaria fue intensa.
No solo por la dificultad académica, sino también por lo que pasaba en paralelo en la vida personal.
Estudié durante un tiempo atravesando problemas de salud, lo que convirtió la facultad en una verdadera montaña rusa emocional.
Había días en los que rendir un parcial no era lo más difícil, sino sostener el equilibrio interno para poder seguir.
Muchas veces esas cosas no se ven.
Desde afuera, todos somos estudiantes que cursan, que rinden, que avanzan o se atrasan.
Pero detrás de cada trayectoria hay historias, miedos, frustraciones, esfuerzos silenciosos.
Con el tiempo entendí que la carrera no solo forma profesionales técnicos.
También pone a prueba a la persona.
Después vino la vida laboral.
Trabajé varios años en el sector financiero y en consultoría, y volví a encontrar algo que ya había visto en la facultad:
mucha competencia, mucha exigencia, y poco espacio para lo humano.
Ambientes donde parecer fuerte era casi una obligación.
Donde mostrarse vulnerable podía interpretarse como debilidad.
Donde muchas veces se crece más rápido compitiendo que colaborando.
Y, siendo mujer, en más de una ocasión sentí que para poder sobrevivir profesionalmente tenía que endurecerme, apagar mi sensibilidad, volverme más fría de lo que realmente soy.
Durante mucho tiempo estuve en conflicto con la profesión, con la universidad, con las estructuras.
No porque no quisiera aprender.
No porque no quisiera ser buena profesional.
Sino porque sentía que el modelo que veía no era el único posible.
Siempre creí que se podía ejercer esta profesión desde otro lugar.
Con el mismo rigor técnico, con la misma responsabilidad, con el mismo compromiso…
pero sin perder la humanidad en el camino.
Porque detrás de cada actuario hay una historia.
Hay circunstancias personales.
Hay momentos difíciles.
Hay dudas, hay cansancio, hay miedo.
Y muchas veces, cuando bajamos la guardia, cuando dejamos de estar en permanente estado de alerta, es cuando mejor podemos pensar, decidir y resolver.
Con el tiempo empecé a reconciliarme con la profesión.
No cambiando lo que soy, sino permitiéndome serlo también en el ámbito profesional.
Dejé de intentar encajar en un molde.
Dejé de creer que todo era una competencia.
Dejé de pensar que para crecer había que pisar cabezas.
Y cuando empecé a escucharme, a preguntarme hacia dónde quería dirigir mi vida profesional, algo cambió.
El camino se volvió más natural.
Más coherente.
Más humano.
Y también empezaron a aparecer colegas que estaban atravesando procesos similares.
Ahí entendí algo que hoy me parece fundamental:
No podemos construir una buena profesión si cada uno camina solo.
Necesitamos hablar más entre nosotros.
Necesitamos compartir experiencias.
Necesitamos pedir ayuda sin sentir que eso nos hace menos profesionales.
Necesitamos acompañarnos.
Hacer contactos no debería ser solo una estrategia laboral.
Debería ser una forma de construir comunidad.
Muchas de las conversaciones más enriquecedoras que tuve en estos últimos años no fueron en un examen ni en una reunión formal.
Fueron charlas entre colegas, encuentros, intercambios donde uno se permite escuchar y también mostrarse como es.
Recuerdo, por ejemplo, haber ofrecido más de una vez dar charlas sobre finanzas personales a colegas, y recibir respuestas como:
“Yo trabajo en riesgo financiero”,
“Yo estudié todos los libros”,
“Eso ya lo sé”.
Y sin embargo, cuando logramos sentarnos a conversar desde otro lugar, sin ego, sin necesidad de demostrar nada, aparecen ideas nuevas, perspectivas distintas, oportunidades que no hubieran surgido de otra forma.
Escuchar abre puertas que el conocimiento técnico por sí solo no abre.
Por eso creo que espacios como la Sociedad Argentina de Actuarios son tan importantes.
Porque necesitamos red.
Necesitamos conexión.
Necesitamos dejar de vernos como competencia y empezar a vernos como colegas.
Podemos crecer sin pisar cabezas.
Podemos destacarnos sin aislarnos.
Podemos ser excelentes profesionales sin convertir la profesión en un ambiente hostil.
También hay algo generacional que no podemos ignorar.
Las nuevas generaciones de actuarios pensamos distinto.
Tenemos otra relación con el trabajo, otra forma de vincularnos, otra manera de entender el éxito.
Valoramos la técnica, pero también el bienestar.
Valoramos el conocimiento, pero también el equilibrio.
Valoramos el logro, pero también la calidad de vida.
Valoramos la carrera, pero también la persona.
Tal vez el desafío que tenemos hoy no sea solamente formar buenos actuarios.
Tal vez el desafío sea resignificar la profesión.
Construir un ámbito donde se pueda crecer sin sufrir,
donde se pueda aprender sin competir constantemente,
donde se pueda compartir sin miedo,
donde se pueda trabajar con excelencia sin dejar de ser humanos.
Demos el ejemplo.
Mostremos que una comunidad profesional colaborativa es más fuerte que una comunidad basada en la rivalidad.
Mostremos que se puede avanzar ayudando al de al lado.
Mostremos que el conocimiento crece cuando se comparte.
Mostremos que la profesión actuarial puede ser exigente, pero también puede ser un lugar donde valga la pena estar.
Porque al final del día, vamos a pasar gran parte de nuestra vida dentro de esta profesión.
Y vale la pena construir un espacio donde podamos crecer, aprender y también disfrutar el camino.
Juntos.


